La startup Atomic-6 pone a prueba en el espacio su armadura para satélites que promete no generar nuevos fragmentos

La startup Atomic-6 ha enviado al espacio el primer prototipo de Space Armor, una armadura diseñada para proteger satélites de impactos de basura espacial sin generar nuevos fragmentos, lo que abordaría el riesgo del síndrome de Kessler. El lanzamiento se realizó en la nave Starburst-1 de Portal Space Systems, montada sobre un cohete Falcon 9 de SpaceX.
El problema de la basura espacial y los límites de los escudos actuales
El desafío al que se enfrenta Atomic-6 es doble. Por un lado, los fragmentos de chatarra pueden impactar contra los satélites y dañarlos o alterar su funcionamiento. Por otro, cada colisión genera nuevos residuos, lo que alimenta el denominado síndrome de Kessler, un efecto dominó en el que cada impacto produce más fragmentos que a su vez aumentan la probabilidad de nuevas colisiones.
Los escudos que se emplean hoy para proteger los satélites, como el Whipple, resuelven parcialmente el primer problema pero agravan el segundo. Diseñado en 1946 por el astrónomo Fred Whipple, este blindaje está formado por dos paredes finas separadas por un hueco vacío. Cuando un objeto impacta contra la pared exterior, tanto el proyectil como la propia pared se rompen, funden y vaporizan parcialmente, formando una nube de partículas diminutas que cruza el espacio intermedio y golpea la segunda pared. La energía que antes se concentraba en un solo fragmento queda dispersa en esa nube, que la segunda pared puede retener.
Sin embargo, no todas las partículas generadas pasan a la cavidad entre las dos paredes. Algunas quedan libres y se convierten en nuevos residuos, lo que puede potenciar el propio síndrome de Kessler que se intenta evitar.
Cifras que explican la amenaza de los fragmentos pequeños
El riesgo no se limita a los objetos grandes. Según una estimación de la Agencia Espacial Europea (ESA), en el espacio hay más de 65.000 objetos mayores de 10 centímetros, en torno a 1,5 millones entre 1 y 10 centímetros y unos 230 millones entre 1 milímetro y 1 centímetro. Son cifras que, además, aumentan rápidamente.
Los fragmentos grandes pueden detectarse desde tierra, lo que permite prevenir colisiones. El problema se concentra en los más pequeños, difíciles de rastrear y, aun así, muy peligrosos por la energía que concentran. Una esfera de aluminio de 3 milímetros que viaje a 7 kilómetros por segundo acumula unos 0,93 kilojulios de energía, comparable a la de una bala de un arma corta potente, suficiente para dañar un satélite.
Space Armor, la propuesta de Atomic-6, busca resolver ambos problemas de una vez. Su composición exacta es un secreto de empresa, aunque se sabe que está formado por fibras en una matriz de resina. Las versiones Lite construidas hasta ahora son un 30% más ligeras y un 15% más finas que los escudos Whipple de aluminio, un factor relevante para el lanzamiento de satélites, donde el peso es un coste directo.
Una prueba en órbita para validar la promesa del laboratorio
El prototipo de Space Armor viaja ahora a la órbita con un objetivo claro: recibir un impacto. Los ingenieros de Atomic-6 esperan que durante el tiempo que el escudo permanezca en el espacio colisione con alguno de los fragmentos diminutos que pueblan la órbita, lo que permitirá comprobar mediante telemetría cómo se comporta el material en condiciones reales.
En las pruebas de laboratorio, la armadura ha sido capaz de absorber y retener impactos a más de 25.700 kilómetros por hora sin generar más fragmentos. Además, el escudo es transparente a la radiofrecuencia, lo que garantiza que no interfiere con la actividad de los satélites.
Si la misión confirma los resultados obtenidos en la Tierra, el siguiente paso será desplegar la armadura a mayor escala. La compañía deberá demostrar primero que el comportamiento en el espacio es equivalente al de laboratorio para avanzar hacia una aplicación comercial más amplia.



